ARQUEOLOGÍA EN EL METRO DE LA CIUDAD DE MÉXICO POR CARLO ARDÁN MONTIEL J.

viernes, 30 de noviembre de 2012

BANDERAS GUERRERAS DE MÉXICO Y ESPAÑA EN EL SIGLO XIX


Estimados Amigos Visitantes

En el año de 1810 dio inicio el movimiento de Independencia en México contra España con una guerra que duró prácticamente 11 sangrientos años. En esta época, es difícil imaginarnos y tener una idea clara de los motivos, costos y alcances de esa revolución. La monarquía española dominaba los territorios de México y la mayoría del resto del sur de América. El coloniaje ibérico tenía trescientos  años de señorío encabezado por españoles bajo un virreinato anclado a las clases aristocráticas de la monarquía y un clero con una potestad indiscutible. Los españoles nacidos en las colonias, llamados despectivamente criollos, las personas mezcladas con los hispanos, los mestizos, y la inmensa mayoría de indígenas, componían la población colonial. Las riquezas generadas en las colonias, más la inconmensurable carga de impuestos  que se iban a España, además de un comercio sumamente controlado en cuanto a importaciones y exportaciones, provocaron inestabilidad política y social entre las clases productivas. Los hechos históricos en Europa influyeron definitivamente en la monarquía española que estaba en una franca decadencia por intrigas palaciegas, principalmente.

Después de la Revolución Francesa, la instauración del régimen imperial de Napoleón Bonaparte y sus pretensiones expansionistas, se dieron varios frentes de guerra para oponerse al bonapartismo. España fue invadida: esa circunstancia indirecta dio pié a la pérdida de sus colonias en América. De los enfrentamientos militares del inicio de la Nueva España por su independencia y la última batalla de los hispanos por recuperar esta colonia son las banderas guerreras que en al año 2012 México y España se devuelven mutuamente, año en el que se conmemoró el Bicentenario independentista que  acabó con trescientos años de coloniaje con la característica de que representan dos grandes derrotas. En mayo y junio de ese año fue  la ceremonia oficial se llevó a cabo en el Campo Marte del Ejército Nacional con el Jefe del Ejecutivo.

La importancia de una bandera radica en que siempre representa  a una nación, un imperio o un ideal, es toda su historia y razón de ser. Se le lleva en todo tipo de actos cívicos pero también se blande en los frentes de guerra. Para tener una idea clara de las banderas que regresaron a México se hace este comentario mencionando  brevemente los hechos históricos que les son circunstanciales, así como de las que se devolvieron a España, que no son menos importantes. Las cuatro banderas, como se mencionó, son como un puente que al inicio de su cruce hay una actitud en búsqueda de la libertad. En su tránsito se extienden  hechos históricos que definen los resultados irreversibles al fin de su recorrido: el principio de otro camino larguísimo, el de una nueva  una nación de la que es producto el México actual.  

Si iniciamos el recorrido de ese puente, recordemos que los motivos fundamentales en las intenciones independentistas de Miguel Hidalgo y Costilla, no estaban enfocados a la  emancipación total de España para dejar de ser una colonia. Sabemos que en 1808 Napoleón Bonaparte ocupó militarmente la península ibérica con el afán de expandir su imperio. Ello se debió a la debilidad y decadencia del imperio español a la cabeza del Carlos IV. Su hijo, Fernando de Borbón, lo obligó a declinar la corona a su favor. Napoleón en guerra contra Inglaterra, planeó invadir Portugal, aliado de los ingleses, atravesando España. El paso del ejército francés con esos fines fueron aprovechados por Bonaparte para apropiarse también de España y astutamente reunió en territorio francés a Don Carlos y al nuevo rey Fernando VII;  para dirimir el problema forzó a Fernando a regresar la corona a Don Carlos. Es difícil imaginar las razones o amenazas que Napoleón usó para  obligar  nuevamente a Carlos IV a renunciar a la monarquía  española pero a favor de su hermano José. Cabe hacer una breve cita textual respecto al Estatuto de Bayona, que fue propiamente el documento legaloide de una “constitución” en  forma y hecha al vapor, en que así se le designa:

En el nombre de Dios todo poderoso don José Napoleón por la gracia de Dios Rey de las Españas y las Indias…

Esa Constitución fue firmada por la Junta Española que aceptaron algunos de sus máximos representantes. Afirman que fue convocada por Napoleón Bonaparte 1º. Emperador de los franceses y Rey de Italia, que se reunieron en el Palacio del Obispado viejo, celebrado en la duodécima sesión, en la que se la rinde total obediencia ante un príncipe tan justo, como el que por dicha nuestra nos ha cabido, la España y todas sus posesiones han de ser tan felices como deseamos; y en fé de que esta es nuestra opinión y voluntad lo firmamos en Bayona el 7 de julio de 1808.

A partir de ese año se inició en España una verdadera guerra de independencia por la ocupación del ejército francés y la usurpación del reino, en la que se deseaba el regreso de Fernando VII cómodamente preso en un palacete en Bayona. El ex Don Carlos había sido indemnizado con ricos bienes inmuebles (palacios) y una buena cantidad de dinero. La población española reaccionó de varias formas. Los afrancesados que se volvieron adictos  a José 1° y el pueblo que resistió la invasión francesa por medio de las armas; además de que una parte de personas importantes  empezó a reunirse para crear un gobierno representativo y legítimo en ausencia del rey, entre los que se encontraban intereses y actitudes de tipo conservador y liberal. De los trabajos de esas Juntas nació la Constitución de Cádiz, que limitaba las facultades del monarca, de la nobleza y el clero y daba una serie de garantías igualitarias a sus vasallos de los dos hemisferios, españoles y criollos ( sin la mención tácita de mestizos e indígenas,  excluyendo a los de raza negra).

La inacción y confusión de los gobernantes españoles en la Nueva España era ambigua e indecisa por la lentitud con que llegaban las noticias de la península ibérica, además existía un gran temor por la ocupación de España y la usurpación de la corona por  Francia. Los criollos, principalmente, desconfiaban de las autoridades virreinales y sospechaban que entregarían estos dominios al imperio francés. Incluso, por indecisiones o contradicciones, el mismo virrey Iturrigaray había desconocido la autoridad de Fernando VII por hallarse en cautiverio y no sabían a quien obedecer o cómo organizarse; por ello se le depuso. En septiembre de 1810 con Miguel Hidalgo y Costilla a la cabeza e Ignacio Allende, entre otros,  nació el movimiento independentista. En las arengas de Hidalgo,  para convencer al pueblo para iniciar la revolución, se revela claramente que sus intenciones son derrocar al “mal gobierno” (del virreinato) y gritando vivas a Fernando VII, del que se espera su liberación y regreso. En sus proclamas añade  la invocación divina de la Virgen de Guadalupe, patrona jurada de la Nueva España y la enarbola en un estandarte. No aspira o se propone una intención verdadera de independencia de la monarquía española.

Mientras que en España se da una encarnizada lucha por su liberación, en la Nueva España el ejército realista combate y derrota constantemente a los insurgentes a quienes se les tacha de simples revoltosos y más por que los encabeza un cura con una masa de indígenas armados de hondas, flechas, garrotes y en el mejor de los casos con machetes y lanzas. Acostumbrada a las revueltas, en la misma España no se toma en serio ni en cuenta la rebelión de esta colonia. Aún así, la guerra en esta tierra cosecha una enormidad de muertos y excesos de ambos bandos. Unos cuantos meses después Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez son tomados prisioneros y ejecutados entre junio y julio de 1811.

En el ínter de este  inicio de la revolución de Miguel Hidalgo, es en el que entra la mención de las Banderas Gemelas que regresan a México, banderas que enarbolaba el ejército al mando del capitán del cuerpo de caballería de los Dragones de la Reina de San Miguel el Grande, Don Ignacio Allende. Su contingente, junto a los de Hidalgo y Mariano Abasolo, enfrentaron al ejército virreinal  al mando del general brigadier realista Félix Ma. Calleja, en Puente Calderón, a 37 km. de Guadalajara, en 17 de enero de 1811. Como consecuencia de la derrota del ejército insurgente, los realistas incautaron estas banderas como trofeos de guerra que después fueron enviadas a España por Calleja.

En las Banderas Gemelas, como historia de esta historia,  se origina por el arduo trabajo de indagación de una profesionista mexicana, Marta Terán, investigadora de la Dirección de Estudios Históricos del INAH  a quien se debe la iniciativa de recuperación de las Banderas Gemelas que localizó en el Museo del Ejército Español,  tras una búsqueda incansable que data desde 1998. Desde ese año propuso que se devolvieran a nuestro país por su importancia histórica. Siguió un trabajo de investigación previo de  Luis Castillo Ledón, Ernesto Lemoine y Guadalupe Jiménez Codinach, además de la asesoría del ilustre Dr. Enrique Florescano.

Finalmente, su recuperación implicó una labor diplomática entre México y España que duró buen tiempo. México pedía en donación las banderas, pero las leyes españolas no permitían que se cedieran por estar consideradas dentro de su patrimonio histórico. Bajo esa vía, el asunto se solucionó con un acuerdo en que los dos países se intercambiarían la Banderas Gemelas por otras de origen español del siglo XIX que se conservaban en México y que a España le interesaban; son las que regresaron a ese país y que se comentarán más adelante. Nadie mejor que la maestra Marta Terán para esclarecer el simbolismo de la Banderas Gemelas; cito una parte de sus lúcidas palabras como un reconocimiento de admiración a su trabajo.

El reverso de las banderas son también cuadros de un azul celeste intenso sobre tafetán, que hacen un escudo central. Con el valle de México de fondo, águila y serpiente se encuentran sobre el nopal. El escudo aparece orlado por trofeos que apenas se distinguen: lanzas, alabardas, dos tubos de cañón, un arco con sus flechas, un tambor. El escudo del águila está timbrado por el arcángel San Miguel y todo se presenta perpendicular al asta. A los extremos del águila se despliegan las insignias que entonces ostentaba el ejército borbónico. Me refiero a los dos estandartes o guiones, terminados en picos, uno blanco y otro rojo o carmesí. Están colocados bajo dos banderas con cruces de Borgoña, una roja en fondo blanco y la otra blanca en rojo. Si se compara la pintura, se puede deducir la prisa con la que fueron hechas. Al contemplar juntas las dos faces del reverso, por ejemplo, veríamos que en una los troncos que forman el aspa hacen una equis, mientras que en la otra están dispuestos en cruz. Allende, Aldama, Abasolo y Jiménez pertenecían a los Dragones de la Reina, un tipo de regimiento español que combinaba caballería e infantería y poseía tambores: Los Dragones de forma reglamentaria debían usar, a los lados de su columna, los guiones terminados en farpas o picos tal como aparecen en las banderas de San Miguel. Por la forma y la medida, las banderas sanmiguelenses se parecen a las reglamentarias de infantería. Es decir, a las Cruces de Borgoña en blanco y en carmesí que aparecen sobre los guiones en el reverso de las de San Miguel. Todos los cuerpos militares de la Nueva España las poseían. Con dicha información se puede inferir que las banderas, aunque se estrenaron la noche del 16 de septiembre, se diseñaron del tamaño de las de infantería para iniciar un levantamiento militar originalmente planeado para el día de la fiesta del patrono de la villa, San Miguel arcángel, el 29 de septiembre de 1810.

Diseñadas como banderas militares, en ellas los criollos de San Miguel plasmaron las causas más amplias con las que dio principio la guerra por la independencia. Digamos que explican tanto el surgimiento como la derrota del primer movimiento, caracterizado por la concentración de enormes multitudes volcadas a la separación de su patria de España. Esta compleja composición simboliza los sentimientos religiosos, de lealtad y patrióticos compartidos por gente de todos los grupos de la sociedad y centrales en las consignas del levantamiento, en las vivas a la Virgen de Guadalupe (por su imagen), al cautivo de Napoleón, rey Fernando (por sus armas) y a México (por su antiguo escudo fundacional). Condensan lo ocurrido entre la primera declaración de guerra española a los revolucionarios franceses en 1793 y la pérdida de la esperanza en el triunfo español, a dos años en Madrid del reinado de José Bonaparte. La Virgen de Guadalupe tenía para entonces más de una década de ser invocada por la iglesia para salvar del Anticristo francés a las dos Españas, la Nueva y la Vieja. El temor al saberse que caían, una tras otra, las ciudades españolas y sus más fuertes defensas armaron la causa de la patria hacia el mes de mayo de 1810, al hacerse común pensar que, perdida la guerra, los franceses desearían tomar estos dominios. Y el gobierno y los españoles peninsulares, que dos años antes habían depuesto al virrey Iturrigaray para evitar cualquier fractura del vínculo colonial, eran los únicos que podían entregar la Nueva España.

Estas reacciones defensivas frente a Europa se manifestaron en una violencia popular extraordinaria contra los españoles peninsulares. El costo de “aislar la patria de cualquier desenlace europeo” fue enorme. Además de la fuerte mortandad de los rebeldes, entre los regimientos que “se fueron formando tumultuariamente” y “los pelotones de la plebe que se les reunió”, de septiembre de 1810 a enero de 1811 murieron degollados y no en batalla más de mil europeos, entre hombres y mujeres: ¡Mueran los gachupines! ¡Muera el mal gobierno! Al tomar las ciudades la gente les gritaba ¡traidores, herejes, judas! Hay estudios de las razones hondas y poderosas que explican desde ángulos económicos y sociales esa violencia contra los españoles. Pero semejante actitud, permitida y hasta alentada por Miguel Hidalgo y sus contingentes más cercanos, no fue compartida sino repudiada por los militares criollos. Es conocida la disputa entre Hidalgo y Allende por no condescender el segundo con los excesos de la plebe y por oponerse a la concentración del mando militar en Hidalgo, proclamado Generalísimo desde Guadalajara. Para cuando Allende dirigió la batalla de Calderón había pasado la oportunidad de formarse un ejército medianamente armado y disciplinado.

Por las banderas de San Miguel habló una sociedad acostumbrada a las imágenes y a descifrar los mensajes que emitían las composiciones. Que gozó los juegos sugerentes nacidos de sus dos vistas y de alternar tremolando los emblemas de la religión y de la patria: la Virgen de Guadalupe y el águila mexicana.

Sin embargo, que San Miguel presida esta composición no es una redundancia: el primer general de Dios timbra un águila que, a su vez, está franqueada con las armas del rey y dispone de artefactos para la guerra. Probablemente en estas banderas se entrecruzaron no una, sino dos profecías. El autor de la segunda fue el jesuita Francisco Javier Carranza, quien, exactos cien años después del padre Miguel Sánchez, en un sermón por excéntrico conocido (1748) hizo saber a la Nueva España que el Asiento de San Pedro pasaría a la cabeza de la cristiandad en América, a la ciudad de México, de perseverar las guerras europeas. Entonces, si San Miguel timbra la composición del reverso de las banderas no se trata de señalar que el águila (ya) prestó sus alas a la Virgen para descender en el sitio predestinado después de haber sido derrotado el mal por el primer general en la lucha contra Satanás. Aquello que infirió Miguel Sánchez al argumentar teológicamente la aparición de la Madre de Dios en México. Esta vez, el águila tenía que prestar sus alas a la iglesia para que pudiera salvarse del Anticristo poniendo un océano de por medio, según el padre Carranza. Todo parece sugerir, entonces, una tercera tarea mítica del águila imperial mexicana: hacer la guerra santa y salvar a la iglesia universal en tiempos de la invasión napoleónica, si la segunda fue prestar sus alas a la Madre de Dios para que descendiera en este suelo y su tarea primigenia consistió en fundar México.¹

Banderas  Gemelas de San Miguel. 133 X 133 cms., tomadas de la Internet

¹“El intercambio del Bicentenario entre México y España en 2012. Estado del conocimiento sobre las banderas de la Independencia”.  http://www.estudioshistoricos.inah.gob.mx/revistaHistorias/wp-content/uploads/historias_75_81-104.pdf

En las Banderas Gemelas de San Miguel el Grande, por primera vez se representa el águila sobre un nopal devorando una serpiente, aún antes del escudo que José María Morelos y López Rayón usaron después. Ese símbolo fundacional de los mexicas persistió en toda la época colonial, a pesar de que el Virrey Juan de Palafox y Mendoza prohibió su representación en el año 1642,  ordenando  la demolición de cualquier indicio que tuviese esos símbolos originalmente indígenas. Con aquel adagio de que se “acata pero no se cumple”, la orden de Palafox fue ignorada y la herencia de la simbología mexica se conservó y volvió a renacer en la época independentista.

La iconografía es contundente: se usó el águila y la serpiente justificadas en un discurso visual mezclado con el diáfano catolicismo vigente en la época colonial, en que se acude, inteligentemente reflexionado por Ignacio Allende, a una evocación de  identidad propia recurriendo al pasado indígena. La intención y el significado obedecen a una razón profunda. El cristianismo se impuso a los indígenas a la par con las fuerzas del las armas. Los frailes y sacerdotes españoles estaban bien convencidos de su fe y vieron en  la religión mexica  una creencia totalmente maligna. El trabajo de imponer una nueva religión se debió a una intensa evangelización. La prolífica construcción de iglesias en los lugares donde antes estaban los adoratorios indígenas, las imágenes de Cristo, la Trinidad, santos y vírgenes llenaron con bastedad el ideario devocional acendrado por el infinito celo de los frailes españoles, apoyados por las “escrituras”, la Santa Inquisición y las armas del gobierno monárquico.   Una imagen poderosísima  se creó en esa época: la Virgen de Guadalupe. Con una historia que la vincula con un indígena, al que se le aparece, nace una devoción sublimada con el que el antiguo pueblo dominado encuentra una identidad que sustituye a sus dioses. La Virgen Madre tiene el mismo color de su piel y siente un amparo real ante la pérdida de su propio mundo. Ya como una imagen insustituible adherida a su propia existencia, su presencia se impone como una potestad donde está el consuelo, la esperanza, a la que se postra,  venera y reza.

Miguel Hidalgo y Costilla, como sacerdote, al usar la Virgen de Guadalupe en su estandarte para iniciar la Independencia,  sabe que esa imagen tiene una  incuestionable representación  de autoridad y legitimidad.  Allende va más allá, pues aparte de aprovechar también ese ícono, al reverso agrega un símbolo auténtico que los indígenas conservan  de su pasado histórico: el águila y la serpiente sobre un nopal. Con ello logra unificar dos emblemas que el indio considera sagrados, con los que se identifica plenamente y lo apartan de lo español que lo reprime. Para reforzar la devoción, en la parte superior del águila y la serpiente coloca al guerrero de las legiones celestes que combate al mal, defiende la religión católica y cuida de la Virgen de Guadalupe: el arcángel San Miguel. Además, y como ganancia, es el santo patrono de esa villa.

Insisto en la importancia y naturaleza del simbolismo del águila y la serpiente que por primera vez usó Allende en la Banderas Gemelas. Sabía bien lo que hacía. Después, José María y Morelos hará lo mismo en su bandera y escudo de la Suprema Junta Nacional Gubernativa y de ahí se implanta y usa hasta el actual Escudo Nacional. Como se comentó, en la época colonial persistió su uso y en algunos edificios, sobre todo en iglesias de esa época aún se encuentra.

Reconstrucción de Las Banderas Gemelas, Tomada de la Internet.

En cuanto a las banderas que regresaron a España, es necesario comentar los hechos y las fechas acaecidos en ese espacio de tiempo, siguiendo los efectos de cada causa pues, como se expone, estas banderas son como un puente y hay una serie de sucesos que nos conducen el otro extremo.

Después de la muerte de Miguel Hidalgo, en que España sigue invadida por Francia, las Cortes Generales y Extraordinarias españolas, los diputados de ambos hemisferios firman y publican  la Constitución de Cádiz en 1812 después de dos años de trabajo. Napoleón Bonaparte no puede sostener tantos frentes de guerra y decide regresar la corona a Fernando VII (por medio del insulso Tratado de Valencia en diciembre de 1813), quien toma el poder pleno en 1814; la Constitución de Cádiz establecía como requisito fundamental que el rey debía jurarla, cumplirla y hacerla cumplir. Fernando VII simplemente la desconoció instalando nuevamente el Antiguo Régimen, el despotismo, apoyado y avalado por el  Manifiesto  de  los Persas, en el que diputados españoles conservadores y absolutistas le piden que derogue ese documento por atentar contra la naturaleza ancestral, los derechos y realeza de la monarquía. El desconocimiento de la Constitución provocó encarnizados enfrentamientos que tomaron el  carácter de una guerra civil en la que, inclusive, un  ejército francés de mercenarios, a petición del mismo Don Fernando, intervino nuevamente para asesinar a españoles liberales y opuestos a los excesos de la monarquía, conflicto que duró varios años.

En el sur de la Nueva España, continuó el movimiento por la independencia comandado por José Ma. Morelos y Pavón, que se enfrentaba constantemente al ejército realista. Los insurgentes  Ignacio López Rayón, José María Liceaga y José Sixto Verduzco, en medio de la guerra, formaron la Suprema Junta Nacional Gubernativa, en Zitácuaro, Michoacán, para darle forma y autoridad a su movimiento como una entidad gubernativa, pero a favor y “en ausencia de Fernando VII”. Morelos, con una visión muy clara en la consecución de la verdadera independencia, le manifiestó a  su ejército que: Nosotros hemos jurado sacrificar nuestras vidas y haciendas en defensa de nuestra religión santa y de nuestra patria. Ya no hay España, porque el francés se ha apoderado de ella. Ya no hay Fernando VII porque o él se quiso ir a su casa de Borbón en Francia y entonces no estamos obligados a reconocerlo por rey, o lo llevaron a la fuerza, y entonces ya no existe. Y aunque estuviera, a un reino conquistado le es lícito reconquistarse y a un reino obediente le es lícito no reconocer a su rey, cuando es gravoso en sus leyes que resultan insoportables, como las que de día en día nos iban recargando en este reino los malditos gachupines. Os diré por último que nuestras armas están pujantes y la América se ha de poner libre, queráis o no queráis vosotros.

En abril de 1812 la Suprema Junta redactó los “Elementos de Nuestra Constitución”, donde se mencionaba la soberanía de la nación, la libertad de expresión y de prensa, el derecho al trabajo y los poderes que tenía esa organización. Como se comentó, invocaba el reconocimiento y espera del regreso de Fernando VII al trono. Se le enteró a José María Morelos del contenido de ese documento. Él contestó por escrito: Que se le quite la máscara a la independencia, eliminemos la mención del Rey.

La guerra al mando de Morelos fue constante, enfrentando siempre a  las fuerzas realistas de Félix Ma. Calleja y asediado por los ataques de la iglesia para denostarlo, igual como se había hecho con Miguel Hidalgo. A ello se agregó también una  alegre invitación del virrey Venegas para que depusiese las armas.

Como consecuencia de los trabajos de la Suprema Junta Nacional de los insurgentes, esta se transformó en el Supremo Congreso Mexicano o Congreso de Anáhuac, con diputados electos de diferentes entidades, que se propusieron redactar y firmar una Constitución oficial. Por la incesante lucha y persecución, entre 1813 y 1814, se redactaron varios documentos formales en el que destaca  Los Sentimientos de la Nación de José María Morelos y Pavón. Es hasta el 22 de octubre de 1814 en que se firma el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, conocida como la Constitución de Apatzingán.

Una serie de conflictos internos entre los insurgentes, los problemas de abastecimiento, movilidad y la presión incesante del ejército realista, que se había fortalecido con nuevas tropas venidas de España a partir de 1814, causaron que el 5 de noviembre de 1815 Morelos fuera capturado en Puebla. Un arzobispo lo celebró en la Catedral Metropolitana con un Te Deum. A su juicio procedía, igual que con Hidalgo, su degradación como sacerdote pues como tal había roto el dogma católico; era imperdonable que un clérigo se rebelara para encabezar una guerra contra sus autoridades, pero peor siendo un pastor de la iglesia. El mismo papa Pío VII condenó la Constitución de Apatzingán por ser contraria a la fe y José María Morelos y Pavón se había atrevido a  firmarla. Lo fusilaron el 22 de diciembre de ese año con un encono infame: hincado y de espalda.

Las dos Constituciones, la de Apatzingán (1814) y la de Cádiz (1812), fueron determinantes en  México y España por su liberalismo. A la muerte de Morelos y la dispersión de los insurgentes esa Constitución fue desdeñada. En España Fernando VII  había abrogado la de Cádiz cuando regresó al poder. En la península en medio de un desastre y revueltas políticas por el absolutismo instaurado, además de la ruina económica, se desató una guerra civil incongruente y sangrienta. Sería hasta 1820 por presión del militar liberal Rafael Riego en que el rey jura la Constitución, pero en forma simulada. En la Nueva España, el virrey Juan Ruiz de Apodaca la juró en el mismo tono que Fernando VII,  con mucho recelo y tintes de desconfianza. Esa situación  dio origen a diversas reacciones en que participaron las autoridades virreinales, gente con poder y el clero. Fue el principio del fin, de un fin que nunca imaginaron sus protagonistas.

El carácter liberal de la Constitución de Cádiz estorbaba a los intereses de los aristócratas españoles y las prebendas del clero, que no pagaban impuestos en la Nueva España; acaparaban una gran riqueza. No era soportable, en principio, de que la sociedad en general se consideraba en igualdad a los individuos de los dos hemisferios. Se añoraba el sistema monárquico absolutista, el vasallaje sin restricciones, los derechos de la nobleza por “pureza de sangre”  y mil canonjías aberrantes. El clero se veía seriamente afectado por la pérdida de tierras, ya no recibiría los  impuestos que cobraba a los campesinos por sus cosechas, además del frugal y riguroso pago de diezmos,  entre otros beneficios de que gozaba.

Entre el gobierno, sus oligarcas y el clero se ideó un plan secreto en la iglesia de San Felipe Neri en 1820, conocido después como la Conspiración de La Profesa, pues así se le llamaba a ese templo. El plan consistía, en primer lugar, vencer toda la resistencia insurgente que quedaba y que estaba dominada por Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria. Se les ofrecía, en primer lugar, el indulto total. Se nombró  a Agustín de Iturbide, general realista que había combatido fieramente a los insurgentes. El plan, puede inferirse con toda lógica, finalmente consistía en pacificar totalmente la colonia, ofrecer la Nueva España a Fernando VII como residencia de su reinado u otro de la “casa real” que se designase: el rey y su corona ya no cabían en la mismísima España; aquí había un territorio fértil y rico donde podría gobernar absolutamente en paz y las colonias se extendían hacia el sur de América. La monarquía tenía todas las garantías de un reinado feliz con toda la nobleza y vasallos de españoles ibéricos y americanos. Con ello, los protagonistas del Plan de la Profesa tenían garantizada su supervivencia por generaciones besando los pies y manos de Su Católica Majestad que reconocería sus servicios con creces. En el servil sentimiento de vasallaje estaban ocultos, es obvio,  los más mezquinos  intereses.

Con ese plan iluso se designó a Agustín de Iturbide para llevar a cabo la primera fase. Iturbide, inteligente y con objetivos muy claros a su beneficio, estaba bien informado del caos de la situación política en España y en esta colonia: combatió a  Vicente Guerrero  en sus propios terrenos. No lo logró. El insulso Plan de la Profesa, las dubitativas intenciones del gobierno colonial, las ambiciones de la iglesia y la situación caótica de la península ibérica, produjeron en Agustín de Iturbide un cambio de planes muy radical: encabezar él mismo la independencia iniciada por los insurgentes adhiriéndose a ellos bajo el argumento del patriotismo y la unidad y convencer así mismo a otros militares realistas para unirse  todos contra las autoridades virreinales. Abanderaba, así, los mismos ideales que él había combatido encarnizadamente pues era conocida su crueldad. Al no vencer a los insurgentes, persuadió a Vicente Guerrero. Esa alianza se conoce como el Plan de Iguala que se efectuó el 24 de febrero de 1821, en el que se invocaba aún la figura del rey español y se le invitaba a ejercer su monarquía en la Nueva España o a otro descendiente real, cuestión en la que no estaba de acuerdo Guerrero. Al contravenir las órdenes y el fin que se le había dado a Iturbide se le consideró traidor. El virrey Venegas ordenó combatir contra ellos y empezó otra fase de la guerra. Finalmente y tras varias campañas en que vencieron los insurgentes, el Ejército de las Tres Garantías, formada por los insurgentes y gran parte del ejército realista, entró triunfante a la Ciudad de México en septiembre de 1821 con Agustín de Iturbide al frente. Es poco razonable que ese año se tome en cuenta como la consumación de la Independencia de México por los hechos inmediatos que se dieron. Abdicó el virrey Venegas y llegó Juan de O´Donjú, ya no como virrey sino como Jefe Superior Político de La Nueva España que  pactó con Agustín de Iturbide el Tratado de Córdoba el 24 de agosto de ese año, pues O’Donojú sabía que ya no era posible sostener el régimen colonial por los problemas financieros de España y lo hizo sin la autorización del monarca de quien no se sentía feliz ni fiel vasallo. Ese tratado, con un enfoque convenenciero, nuevamente aspiraba ilusoriamente a favor de Fernando VII para que viniesen a gobernar  su colonia bajo una monarquía constitucional moderada. Lo absurdo de esta propuesta de ensoñación, desde luego que fue rechazada y desconocida por el monarca. Iturbide, para llenar el hueco que dejaba esa aspiración monárquica absurda, se decidió por  solucionarlo de la peor manera: tomó la corona para sí mismo nombrándose Agustín 1º. El novísimo emperador fue ceñido, reconocido y bien amado, desde luego, por españoles peninsulares, criollos y la clase abyecta que se sometía siempre a los vaivenes absurdos del desastre para proteger sus intereses, incluido  el clero, perpetuamente a la sombra del poder.

A la simulación de la Independencia (otra ves) y la creación del imperio iturbidista, siguió un descontento totalmente natural instigado por diferentes frentes de reductos del ejército realista, de españoles leales al rey,  de los insurgentes que otra vez tomaron las armas y de los criollos que no hallaban acomodo ni soluciones. Irremediablemente Don Agustín renunció a la corona y salió al exilio.

Entre los mismos grupos que apoyaron y tumbaron al primer imperio mexicano, se dio un reacomodo con sus asonadas militares, juramentos, tratados, alianzas y traiciones normales. Los insurgentes, reagrupados y más organizados, lograron tomar el poder de manera definitiva con Guadalupe Victoria como primer Presidente, ya en un régimen oficial republicano y federalista, sin nexos con la monarquía española. Aún con grandes desavenencias, con Vicente Guerrero como segundo presidente, se crea  la Constitución de 1824. Se señalaría ese año como el auténtico de la consumación de la Independencia porque está avalada de manera oficial por esa Carta Magna, aún y a pesar de los vaivenes e inestabilidad política, social y económica que tendrá  la naciente república en los años que siguen. La Constitución de Apatzingán, dictada en 1814, no entró en funciones, como vimos, por el asesinato de José Ma. Morelos.

Volviendo al sendero del puente que nos pintamos, sobre las banderas que regresaron a España marcan el fin de una etapa en la que Fernando VII no se  resignaba a aceptar. El poder monárquico (o de cualquier tipo), siempre ha hinchado de soberbia a los que así se visten. Si en el año de 1821 los últimos reductos del ejército real habían salido de México, por la actitud del monarca de no reconocer la Independencia de México, en Cuba se conservó una parte del Real Ejército de Vanguardia Español, con el propósito e intención de recibir refuerzos de la península ibérica para reconquistar su colonia.

En 1829 ocupaba la presidencia de México Vicente Guerrero y recibía noticias de Veracruz que parte de esa milicia se había apostado en San Juan de Ulúa y constantemente bombardeaba ese puerto. Fue el 11 de septiembre cuando el  brigadier Isidro Barradas al mando de esas fuerzas armadas, con pertrechos recibidos de Cuba intentó reconquistar la Nueva España. Embarcándose,  llegó y atacó por el Fortín de la Barra en Tampico. Vicente Guerrero, envió al Ejército de Operaciones Mexicano al mando Antonio López de Santa Anna, de triste memoria, y a Manuel Mier y Terán. Barradas con cuatro mil hombres (y la pesada sombra de Hernán Cortés, a quien sin duda tenía que  igualar), fue derrotado y España perdió la última oportunidad de recuperar la Nueva España.

De esa batalla final son las banderas que ahora regresan a España, trofeos de guerra obtenidos por Santa Anna. Se conservaban en el Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec. Una de ellas,  llamada “El Rey a la Fidelidad”, con la Cruz de Borgoña o San Andrés, se fue en comodato por cinco años. La otra es la de la “Legión Real”, con el escudo de armas de la monarquía española y es la que se quedará  definitivamente allá. La primera contiene en los extremos de las aspas dos leones y dos castillos.

Bandera Fidelidad al Rey

Bandera Legión Real

Como se nota, en la naturaleza misma de las banderas que se intercambiaron México y España, Marta Terán lo define con una gran sutileza: El intercambio de banderas es simétrico: ambos lotes de trofeos de guerra tienen el agudo sabor del desastre…El valor histórico de las hermosas Banderas Gemelas y su rescate es muy apreciable “y no porque llamaron a la guerra sino porque lucharon por una paz libre de opresión”, aunque sólo una se quede y otra regrese a España en cinco años.

Cabe comentar que fue hasta 1836 en que se firmó la Independencia de México con un simple  Tratado de Paz y Amistad entre los dos países, en que se protegían los negocios de los españoles que se quedaban radicados en México  y se les otorgaba amnistía por hechos en el pasado, al igual que a los connacionales adictos al régimen monárquico (que se consideraran colaboracionistas). Las importaciones de mercancías de esa península tendrían  impuestos preferenciales. Con un simple tratado quedaba estipulado que: En el nombre se la Santísima Trinidad…olvidar para siempre las diferencias y disensiones  por las cuales desgraciadamente han estado tanto tiempo interrumpidas las relaciones de amistad y buena armonía entre ambos pueblos, aunque llamados naturalmente a mirarse como hermanos por sus antiguos vínculos de unión de identidad de origen y de recíprocos intereses; han resuelto, en beneficio mutuo, restablecer y asegurar permanentemente dichas relaciones por medio de un Tratado definitivo de paz y amistad sincera.

Este Tratado ominosamente solamente menciona y contemplaba a criollos y españoles que habían participado en contra de la independencia de México, pues se señala directamente a los ciudadanos (de la ahora República Mexicana) y súbditos de uno y otro país (criollos y españoles que se quedaban pero aún leales vasallos del reino español). Dirigido para solventar las desavenencias entre monarquistas e insurgentes,  propugna para que todos se vieran ya como hermanos. Mestizos, indios y negros no existen. Lo único importante y valioso es que  se reconoce la independencia total. Tampoco  se hace ninguna mención del término de una colonia que se inició por una invasión ni de los daños, esclavización y muerte a que fueron sometidos los indígenas y mucho menos de las riquezas que ese país usufructuó durante trescientos. Antes bien, en el tratado se enfatizan el reconocimiento de deudas económicas pendientes de la Nueva República con España y las de los españoles peninsulares afectados. Deudas  que se debían reconocer y pagar totalmente.

Finalmente, se comenta que fue muy notorio que en la ceremonia de recepción de estas banderas en el Campo Militar Marte, el 21 de junio del 2010, con todo el fasto marcial aunado al fervor del Bicentenario, el encargado del Poder Ejecutivo dijo en su discurso: En estas banderas se manifiestan inequívocamente los símbolos de la identidad mexicana, porque por una parte muestra el águila parada sobre un nopal devorando una serpiente, que es el símbolo mexica que dio lugar a la fundación de la gran Tenochtitlán, y emblema de nuestra profunda raíz indígena que a partir de la guerra de Independencia se convirtió en el escudo de nuestra nación. En el anverso, se observa a la Virgen de Guadalupe, imagen que, también para todos los mexicanos de entonces y los rebeldes insurgentes conjuntaba el poderoso símbolo nacional, y un apoyo divino en la lucha que se emprendía por la libertad.

En las palabras de el  “apoyo divino” de la Virgen de Guadalupe, como concepto descriptivo del fervor católico en la persona del jefe del ejecutivo en una República laica, transparentan su forma de pensar y la educación que recibió. Eso no se critica, pero hay una línea divisoria entre creencias personales y el cargo que se ostenta  por respeto a las leyes y a otras religiones. En sus palabras se percibió la intención de proliferar una nueva catequesis de educación patria, que es la tendencia natural de la ideología del partido político al que pertenece y que son adictos a la expansión del catolicismo recalcitrante y conservador. La libertad de creencias religiosas se contempla como un derecho en nuestro país, pero ya no es tolerable que un grupo de personas de la ultraderecha radical añeja, trate otra de vez de imponerse con el manejo de símbolos devocionistas, como tampoco son tolerables las injerencias y pretensiones del clero católico siempre en búsqueda del poder que antes detentaba. No deben ni podrán.
  
Bicentenario de la Independencia, 200 años llenos de guerras y miríadas de discursos y México no  acaba de ser por sí mismo. Guerras que se dieron por la desigualdad, los excesos y abusos causaron también la Revolución.


Tan simple lectura dieron cuatro banderas.

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